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Reflexionemos en torno a Oswaldo
CANTACLARO
Julio Estorino
27 de julio de 2012
Miami,
Florida – www.PayoLibre.com –
El cadáver de Oswaldo Payá Sardiñas ha
sido ya sepultado en La Habana, queda por nosotros el impedir que su sueño
de libertad y justicia para Cuba sea sepultado también. Ahora que este
ciclo trágico, el de su asesinato, velatorio y sepultura está
a punto de cerrarse, me parece llegado el momento para una reflexión
cuya importancia, a mi modo de ver, rebasa el elogio fúnebre, más
que merecido en este caso, pero al que somos tan dados ante cualquier difunto,
más allá de la realidad y, tristemente, más allá
también del sentimiento.
Soy de los que piensan que una tarea tan enorme y trascendental como la liberación
de Cuba no puede acometerse en serio sin una elevada dosis de madurez y responsabilidad
y esto entraña el deber de contemplar serenamente y severamente nuestros
propios errores; nuestras verdades, nuestras cosas negativas más que
las que no lo son. Y si bien es cierto que en Cuba es imprescindible un masivo
mea culpa y hasta un exorcismo generalizado de parte de y por tantos que han
participado en actos de maldad al largo de este largo calvario que mi patria
sufre, no es menos cierto que algo parecido es preciso y es urgente en un exilio
donde tantas veces se ha participado de la maldad por los caminos de la división,
la envidia, el odio generado por la ambición de mando y la ligereza al
hablar, todo ello hábilmente manejado por los agentes del castrato que
entre nosotros tenemos y miserablemente facilitado por no poco exiliados.
No hablaré de esa
maldad dentro de Cuba, porque allí la misma está demasiado supeditada
al miedo y la disparidad de fuerzas entre el gobierno y la población
y, además, los cubanos de Miami no estamos, al menos directamente, inmersos
en ella. Pero de la maldad de aquí sí, porque esa es hija nuestra
y responsabilidad de nosotros. A ese Oswaldo Payá a quien hoy tantas
voces, sinceras la mayor parte de ellas, rinde tributo aquí, igualmente
se le vilipendió, por parte de muchos, en forma injusta, algo tiene que
haber sido muy cruel para uno que estaba dando su vida, día a día,
por la patria de todos.
Algunos discreparon respetuosamente de sus puntos de vista y propuesta, total
o parcialmente, yo entre ellos, sin poner en entredicho sus intenciones ni su
patriotismo. Pero fueron más los que no discreparon, no venga ahora con
ese cuento: no discreparon, no: difamaron, insultaron, mintieron, trataron de
enlodar su buen nombre con igual fiereza que los voceros de la dictadura.
Cuando en 1992 Payá se presentó como candidato
independiente a la Asamblea del Poder Popular, lo acusaron rotundamente de tratar
de legitimar la farsa electoral de los Castro. Cuando lo metieron en un calabozo
y rompieron las firmas que avalaban su candidatura, demostrando con esto todo
lo contrario, lo falso del proceso, esos mismos que lo acusaban, lejos de reconocer
su equivocación, dijeron era parte de una simulación.
Cuando el Proyecto Varela, la campaña que liberó
del miedo e incorporó a la lucha por los derechos a más de 25,000
cubanos, con nombre y apellido, dijeron, otra vez, que era una trama de Seguridad
del Estado. Lo llamaron comunista y traidor, lo acusaron de blando y siniestro
a él, que nunca fue castrista y estaba ya luchando contra el régimen
cuando algunos de los que lo acusaban desde aquí, estaban pidiendo paredón
en las calles de Cuba.
Puedo dar el testimonio, y nunca he querido hablar públicamente de esto,
de que cuando las crudas divisiones, y la ineficacia consecuente que paralizaban
a organizaciones a las que dediqué muchos años de esfuerzos me
hicieron retirarme de las mismas, una de las acusaciones en mi contra era el
ser amigo de Payá. ¡Cuánto me alegro hoy de haberme quedado
con mi amigo, antes que con el falso oropel de posiciones de representatividad
en el exilio!
No sólo se le combatió aquí, sino que se movieron influencias
en Washington para que el gobierno de George W. Bush le negara a Oswaldo Payá
reconocimiento y apoyo cuando visitó este país en el 2003. Se
hizo insensatamente, sin reparar en cuánto se debilitaba así,
ante el mundo y ante Estados Unidos, no a Payá, sino a la causa de la
libertad de Cuba.
Los que pronosticaban que un día Payá y otros disidentes se aparecerían
ante los medios de prensa como una oposición mediatizada, articulada
por el propio régimen, para darle a este visos de democracia, se han
quedado esperando. Debieran por lo menos reconocerlo, arrepentirse y aprender
la lección.
Aprendámosla todos los cubanos. Dejemos de hacer de nuestra hermosa lucha
el cubo de cangrejos donde todos nos morimos sin ver a Cuba libre. Aprendamos
a ser hermanos primero y combatientes astutos después, porque, todo reino
dividido, perecerá y de nada nos valdría una Cuba libre, si no
fuera también fraterna. No digo esto para revolver heridas, ni para acusar
a nadie, sería incidir en lo mismo de lo que me duelo. Lo digo para que
sanemos, para que aprendamos a amarnos los unos de los otros, y, si no podemos,
al menos a respetarnos. Ojalá que la continuada esclavitud y el continuado
destierro nos hagan ver la luz. Ojalá.
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