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¡Cuando el mal es de apagón,
no valen petrodólares!
Juan Carlos Linares Balmaseda
11 de agosto de 2012
La Habana,
Cuba – www.PayoLibre.com –
Al parecer, de todas las miserias materiales que sufrimos los cubanos que habitamos
en esta ínsula, la menos tolerada es el apagón nocturno.
La afirmación parecería insolente, un punto de
vista disidente, con pespuntes conspirativos, de no ser por la opinión
de coterráneos, quienes con patética resignación manifiestan
preferir las adversidades del transporte público, o la habitual ausencia
de agua potable en los grifos de sus moradas -que los obliga a cargarla en cubos
desde un vehículo cisterna hasta quizás un alto piso- antes que
padecer los larguísimos apagones de un periodo nada especial.
Para entenderlo, habría que ponerse en el pellejo de
los que ya soportamos cotidiana y “programadamente” más de
doce horas seguidas sin electricidad.
Quedamos sometidos al sofoco nocturnal y a las plagas de mosquitos.
Y al faltar la refrigeración, peligran las poca libritas de bazofia alimenticia
que con gran dificultad conseguimos. A menudo cenamos a ciegas, sin siquiera
poder intentar aliviar las desdichas del diario con la estupefaciente televisión.
En conclusión, vivimos secuestrados por la involución.
Y es que los apagones ya forman parte de nuestra idiosincrasia.
Al contrario de otras miserias perentorias, como la alimentación y el
transporte, no resueltas totalmente para obligarnos a pensar con las tripas
más que con el cerebro o hacernos perder tiempo caminando o esperando
un transporte, el miedo a sufrir apagones ha encontrado consenso siempre, lo
mismo entre los cubanos de a pie que en los jerarcas, claro que por razones
bien distintas.
Los de a pie tememos por la constante degradación que
provoca en nuestro ya pobrísimo nivel de vida. El temor de los jerarcas,
es a las revueltas y protestas a las que esa opresiva oscuridad pueda incitar
al pueblo.
Ni opresores ni oprimidos olvidamos aquel primer lustro de
los años noventa, cuando los cortes del fluido eléctrico en horas
nocturnas provocaron que se rompieran las reglas de la obediencia y se desataran
escaramuzas –fugaces o más intensas- entre indignados y policías.
Al amparo de la cerrada penumbra, toda cosa asible se transformaba
en proyectil arrojado contra los vehículos particulares o públicos
que circulaban por las avenidas, o contra las casas de ardorosos castristas.
Los autos patrullas eran blanco predilecto de esta artillería
artesanal. A menudo vidrieras y puertas de cristales se hacían añicos
en establecimientos estatales. Y en el en verano de 1994 estalló el Maleconazo,
la última estampida en masa que bogaría rumbo al norte, solución
invalidada hoy por las serias advertencias del gobierno norteamericano.
Recientemente la prensa oficialista, para restar importancia
a la inquietud de la población por el mal presagio que traen los apagones
cortos que se suceden en todo el país, anunció que el combustible
para la generación eléctrica estará garantizado, y sin
una mínima dosis de pudor, culpó al sector residencial por el
creciente consumo de electricidad.
¿Pero cómo entender que el consumo continúe
al mismo nivel, o baje, otorgando licencias para pequeños negocios familiares?
Cuesta creer que los cientos de miles de barriles diarios de
petróleo venezolano -probablemente superior a la cifra subsidiada por
los soviéticos, teniendo en cuenta la cercanía geográfica
y la fidelidad perruna del régimen bolivariano- no logren estabilizar
la generación eléctrica nacional.
En su momento, los grupos electrógenos fueron la solución
mágica, según los medios oficialistas. Hoy muchos han colapsado
por falta de piezas de repuesto. Mantener miles de motores de combustión
interna en funcionamiento las 24 horas del día consume una desmesurada
cantidad de gasoil.
Y buena parte desaparece en la transportación particular,
abaratando el precio en el mercado negro. Gracias a esa corrupción no
se ha multiplicado más aceleradamente el costo del pasaje de los taxis
particulares ni los alimentos en los mercados agropecuarios.
De finalizar el régimen de Chávez y si la plataforma
Scarabeo 9 no encuentra petróleo, volverán los apagones, dando
jaque con reina -y quien sabe si hasta un mate- a la dictadura totalitaria más
prolongada del mundo occidental, pese al pronóstico de quien aseguran
que "aquí nada pasará".
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